En el desarrollo de una sociedad adicta a lo veloz y con un acceso casi inmediato de la información, nos apremia el reconocimiento de la identidad que el consecuente exceso de imagen ha tornado esquivo. Sin embargo, nos apegamos al reconocimiento que, desde sus inflexiones y desvíos nos lleva de una realidad móvil a una quietud imposible. Similar a la imagen que nos devuelve el espejo, invertida vectorialmente, en un negativo que tuerce la mirada de quien debe encontrar sus formas en una imagen que jamás se podrá ver con los propios ojos. Imagen que sienta las bases de un reconocimiento siempre dependiente de la mirada de otros, personas o aparatos técnicos de la imagen que procesan nuestro negativo para que, en los recovecos de la representación occidental, nos confirme las formas de nuestra presencia. La imagen pervertida, errada o desenfocada, es más una atención a nuestra propia manera de reconocer las señales que ponemos a circular desde nuestro cuerpo que un desvío hacia los aparatos que permiten visualizar realidades distantes geográfica o temporalmente.